El temible jurado que les pone los puntos a los grandes vinos

Noticias 18 de noviembre de 2016
Robert Parker, Tim Atkin y James Suckling son los tres críticos más influyentes del mundo. Por qué pueden definir el destino de una botella.
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Robert Parker, Tim Atkin, James Suckling: nombres propios capaces de ponerle la piel de gallina a enólogos, bodegas y todo profesional vinculado a la industria vitivinícola. Es que el futuro de una botella se escribe a partir del puntaje que otorgan estos críticos.

Claro que hubo una época en la que los vinos nada tenían que ver con los puntos, hasta que Robert Parker, un enófilo y astuto abogado estadounidense, advirtió que los consumidores carecían de referencias a la hora de comprar.

Así, en 1978 lanzó el primer número de la revista The Wine Advocate, que se conseguía por suscripción. Aunque era gratuita, al principio sólo atrajo la atención de 600 lectores. Hoy la publicación se distribuye en 37 países y para acceder a las seis ediciones que se publican cada año, hay que pagar 125 dólares si el envío es al exterior y 75 dentro de Estados Unidos.

La idea de Parker fue tan exitosa, que pronto le aparecieron competidores, como su compatriota James Suckling y el inglés Tim Atkin.

Todos llevan décadas en la industria y tienen credenciales de sobra, pero su rango de influencia varía de país en país. En Argentina, el lugar destacado parece ser para Atkin. “Él es muy influyente porque viene seguido y hace un reporte muy detallado, visita desde el productor más chico al más grande y entiende muy bien lo qué pasa en la industria del vino argentino”, señala Thibault Delmotte, enólogo de la bodega salteña Colomé.

El sommelier y dueño de la vinoteca WineMakers, Juan Casarsa, coincide: “A Atkin le encanta la Argentina, incluso habla mucho de nuestro país en el exterior”.

Parker, en cambio, cuenta con un staff de expertos que se especializan por región. Los puntajes de los vinos argentinos, por ejemplos, están a cargos del español Luis Gutiérrez, quien pisa estas tierras cada 18 meses.

Conocer el terroir en persona es clave para poder calificar un vino. “El año pasado, Atkin vino a los Valles Calchaquíes y probó todas las etiquetas”, cuenta Alejandro Martorell, dueño de la bodega Altupalka, “esa es la única manera de entender el terruño y poder hablar del vino más allá de los números fríos del puntaje”.

Casarsa está de acuerdo, tal es así que él también sigue esa premisa a la hora de seleccionar los vinos para su vinoteca, “un distribuidor puede decirte que tal etiqueta es de una bodega boutique y resulta que después vas y tiene un tanque de un millón de litros; por eso para saber la verdad hay que conocer al hacedor”.

Susana Balbo, la primera mujer enóloga del país, considera que “la presencia del crítico en la bodega ayuda a que entienda cuál es el sentimiento que hay detrás de un vino. Después evalúan si lo que ellos percibieron al degustarlo coincide con lo que uno le expresó” y asegura que “cuando hay dicotomías no dudan en manifestarlas”.

Sin embargo, es común escuchar que catar un vino a ciegas es la única manera de dar un juicio objetivo. Pero estos críticos profesionales no se dejan influenciar.

Con una larga trayectoria en el mundo vitivinícola, Balbo cató con todos los expertos de renombre. “La cata transcurre en silencio. A veces hacen alguna pregunta concreta, también es común que prueben todos los vinos y recién después te hagan consultas puntuales”, cuenta.

Casarsa, por su parte, trabajó para Gutiérrez y para Atkin, y señala: “cuando catan no hacen un gesto, tienen cara de póker, no te das idea de si les gustó o no. Degustan y hacen preguntas técnicas como el nivel de alcohol, edad del viñedo y proceso de elaboración”.

El sistema de puntuación va del 50 al 100, aunque sólo suelen publicarse los que obtienen de 80 puntos para arriba. Algunos críticos son más exigentes que otros. “Suckling es un poco generoso, él tiene 180 vinos argentinos encima de los 92 puntos y Parker, por ejemplo, tiene solo 60 bodegas”, explica Nicolás Aleman, creador de Premium Tasting, el evento en el que se degustan etiquetas argentinas con más de 92 puntos (ver recuadro).

Claro que cuando un vino es bueno no hay mucha vuelta que darle: puntos más, puntos menos, los críticos le darán una nota similar. “Una cuestión a tener en cuenta es que la etiqueta esté dentro de las preferencias de más de un catador”, indica Daniel Pi, director de Enología de Bodega Trapiche.

Y si de buscar diferentes opiniones se trata, el consumidor tiene para entretenerse, porque hay más críticos: Stephen Tanzer, Antonio Galloni y Anthony Gismondi, aunque son menos conocidos por estos pagos.

Además, si antes era necesario recibir la información por correo, hoy gracias al avance tecnológico, las críticas están a un click de distancia, ya que los reportes se pueden comprar en sus versiones digitales a través de los sitios web oficiales de cada uno de los expertos.

Es cierto que los consumidores argentinos no están muy pendientes de estos números, pero en el exterior, es común que los compradores lleguen a las vinotecas con el ranking en la mano. “En Estados Unidos y algunos países asiáticos, como China, son fundamentales; incluso, hay grandes cadenas que solo aceptan vinos que tengan más de 90 puntos”, cuenta Delmotte.

Casarsa lo experimenta en forma cotidiana. “Los extranjeros que vienen y no conocen etiquetas de Argentina, buscan una referencia y para eso leen a los críticos internacionales, porque tienen más confianza en ellos que en un sommelier que acaban de conocer”, indica.

Pero hasta el mismo Parker reconoce que la mejor guía es el gusto propio, en su sitio web asegura: “Nunca puede haber ningún sustito para su paladar, no hay nada mejor que probar el vino usted mismo”.

Fuente: Clarin