Petit Verdot

Un tinto que conquista curiosos
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Desde hace unos años, la Petit Verdot gana terreno en Argentina como opción varietal por su singularidad gustativa. Originaria de Burdeos, allá se la utiliza en pequeñas cantidades a la hora de aportar carácter en algunas de las etiquetas más importantes de Médoc. Pero sin dudas se trata de la uva menos apreciada por los bordeleses, ya que en tierras galas brinda un carácter rústico, vigoroso y bastante herbal.

Esto, sin embargo, no le resta méritos ni importancia. Todo lo contrario. Quien mejor lo explica es Lorenzo Pasquini, enólogo de Cheval des Andes, el assamblage mendocino de concepción bordelesa que recurre al Verdot como pieza clave de su estilo: “La mejor definición para el Petit Verdot me la dio hace años un profesor de enología: es como los italianos en la mesa, siempre necesitas uno para que sume color, alegría y ruido. Dos es demasiado”. La anécdota de Pasquini, italiano por cierto, sirve para comprender que para los europeos el Petit Verdot no debería ser protagonista, al menos en Burdeos.

En Argentina, son cada vez más los que piensan que esta uva tiene potencial para escribir su propia historia a partir de vinos varietales, aunque estos impliquen un nuevo desafío para la vitivinicultura argentina.

Tras los pasos del Malbec

Hace veinte años, la vitivinicultura argentina asumió un rol audaz entre los países del Nuevo Mundo. Definió su personalidad y lugar en el mercado. A diferencia del resto de los “nuevos” productores, y a pesar de contar con un parque varietal en que las cepas clásicas tenían un notable protagonismo, la industria argentina emprendió el desafío de darse a conocer con una estrategia para muchos arriesgada: posicionar el Malbec.

Más allá del ascenso del Malbec, que demostró la capacidad de los terruños y de los winemakers, aquella apuesta dotó a la industria del vino de la confianza suficiente para escribir su historia sin seguir recetas o tendencias globales. Basta mirar cómo rescataron la Bonarda, otra variedad poco valorada en el mundo, o la Cabernet Franc, con la que demostraron el potencial de las regiones frías de altura. Hoy, en sintonía con aquellos logros, muchos se embarcan en un nuevo reto con Petit Verdot como estandarte.

Petit Verdot cuyano

En Argentina, el cultivo de Verdot puede considerarse marginal, ya que llegó a suelo americano también como uva de corte. Tal como sucedió con la Malbec, demostró muy buena adaptabilidad a los climas y suelos de Mendoza, San Juan y La Rioja, donde suma unas 600 hectáreas.

El enólogo Mauricio Lorca fue de los primeros en utilizarla como varietal en su Gran Poético Petit Verdot 2006 (Vista Flores, Valle de Uco); desde entonces, un clásico entre los fundamentalistas de la cepa. Explica Lorca: “Descubrí esta uva a mediados de los noventa y la usaba, como me habían aconsejado, en ‘cantidades cuidadas’, ya que podía ganar mucho protagonismo. Y eso fue lo que pasó, y me gustó. Comprendí que existía la posibilidad de hacer vinos muy interesantes y con gran potencial de guarda”.

Lo que realmente comprobaron este enólogo y muchos otros es que la Petit Verdot demanda trabajo en el viñedo, porque se trata de una cepa de alto rendimiento. Esto hace que muchos prefieran evitarla. Ahora bien, cuando se le presta atención y se acude al trabajo adecuado, la Petit Verdot desarrolla una personalidad muy diferente en los climas secos y soleados. Esto permite otro punto de maduración, que hace que sus vinos sean voluptuosos, pero a la vez redondos. Un combo que conquista principalmente a los wine lovers que buscan etiquetas curiosas o nuevos sabores.

Hoy, a aquel varietal de Lorca se suman otros icónicos Petit Verdot, como Gran Nina, de la bodega riojana San Huberto, de carácter confitado y balsámico. En Cafayate se destaca el de Domingo Molina, brioso y sobrio. En Mendoza, mientras tanto, una veintena de etiquetas se elabora con uvas de viñedos antiguos de Luján de Cuyo y de otros más jóvenes del Valle de Uco.

Entre las primeras, se lucen Decero Remolinos Vineyard, Casarena Lauren’s Vineyard, Las Perdices Ala Colorada, Durigutti Reserva y Doña Silvina Reserva, tintos que en general resultan profundos y con perfil fragante, que destaca los frutos negros, los tonos balsámicos y el paladar intenso. Un factor común de esta región es la crianza en barrica por un período nunca menor al año, tiempo que demandan estos tintos para redondear su carácter.

Por su parte, los Petit Verdot de altura en Mendoza ofrecen color rojo rubí concentrado y brillante, con aromáticas de profundo perfil herbal, casi mentolado, y especiado. Tal es el caso de Chaman (de los hermanos Reginato), Altocedro Finca Los Galos, Tomero Reserva (de Bodega Vistalba) y Callejón del Crimen Reserva.

El componente Verdot

Pero no solo llega al mercado como varietal el Petit Verdot argentino, en muchas bodegas sus vinos tienen como destino algunos blends muy aclamados del país, como Finca Los Nobles Malbec-Verdot, de Luigi Bosca; Quimera, de Achával Ferrer; Puramun Malbec-Verdot, de José Galante; Mendel Unus, de Roberto de la Mota, y Cheval des Andes, cuyo hacedor comenta: “El Petit Verdot, aunque es el componente con menor presencia en nuestro corte final, es fundamental para expresar la potencia y el nervio del terruño mendocino y alcanzar la elegancia y complejidad que buscamos. Una uva especial que en cantidades justas es grandiosa”.

Mientras el Malbec sigue abriendo caminos, otros varietales van en saga y ganan espacio propio. El Petit Verdot, sin dudas, será un aporte más de Argentina en la góndola de los vinos que no se pueden dejar de buscar.

Fuente: Wines of Argentina

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