Historia de la vid y el vino: Los orígenes

Los inicios en la Mesopotamia
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Entender la historia del vino implica adentrarnos no sólo en la vida cotidiana de millones de personas a lo largo de milenios, sino también, observar el proceso de apropiación de técnicas agrícolas, de elaboración, de fabricación de envases y en la producción de excedentes, que implicaron la necesaria transmisión de experiencia y conocimiento de una generación a otra.


Ninguna otra actividad agrícola ha generado una mitología tan rica y vasta como la vitivinicultura. Sus dioses protectores simbolizaron la estrecha relación entre lo instintivo y lo racional convivientes en la naturaleza humana. El vino formó parte
desde muy temprano de los ritos religiosos: Dioniso, Baco, el Judaísmo y el Cristianismo, adoptaron al vino como símbolo de vida, muerte y resurrección.


Por su naturaleza, la vitivinicultura crea cultura. Arraiga pobladores, aplica tradiciones y saberes heredados de generaciones anteriores, une pueblos a través del intercambio comercial. Como dice Fernand Braudel, “la viña es sociedad, poder político, campo excepcional de trabajo, civilización…”.


La etimología de la palabra vino nos conduce necesariamente a su origen. Una teoría afirma que el término deriva de uno semítico, antecedente a su vez, de la palabra hebrea wainu. De hecho, fueron pueblos semitas quienes hicieron posible la domesticación de la Vitis Vinifera.


Si a la elaboración del vino la consideramos como una actividad humana intencional y planificada, se podría decir que fue en el Neolítico cuando se dieron las condiciones necesarias para su comienzo, entre el 8.000 a.C. y el 6.000 a.C., en una vasta zona comprendida entre el mar Negro y el mar Caspio y delimitada por las actuales Turquía, Siria, Irak, Irán y Rusia.

La variedad Vitis Silvestre se encuentra en todos los continentes. Sin embargo, fue en las primeras aldeas del mundo, donde alguna persona quizá en forma casual, bebió el jugo fermentado de uvas silvestres que había recogido y almacenado en una vasija de cerámica.


La Neolítica fue la primera gran revolución humana, ya que los hombres cambiaron definitivamente sus vidas a partir de ella. Después de miles de años de trashumar siguiendo las manadas de animales, en el 8000 a.C se “inventó” la agricultura, la metalurgia y surgieron las primeras ciudades.


La domesticación de plantas mejoró en forma drástica la calidad y cantidad de alimentos y trajo consigo la domesticación de animales de granja. La cantidad inusual de alimentos, su conservación y distribución generó la división del poder, de las tareas sociales y demás actividades culturales dentro de las aldeas.


Fueron estas comunidades las primeras que aprendieron a fermentar, deshidratar granos, condimentar, cocinar, es decir, fueron las que inventaron nuestras actuales técnicas culinarias aplicadas tanto a la elaboración de alimentos como vinos, cervezas y destilados.

La invención de la cerámica hacia el 5.000 A.C. fue clave: la plasticidad de la arcilla hizo posible la construcción de vasijas de diferentes formas, de cuellos angostos y cuerpos anchos, o grandes, para la fermentación y conservación del vino. Las vasijas cocidas a altas temperaturas perduraban años y sus poros constituían un excelente vehículo de oxigenación del vino.


Hasta ahora, la primera evidencia arqueológica la constituye un conjunto de vasijas de cuello estrecho y alargado en la aldea Hajji Firuz Tepe, situada en Irán, datadas entre los 5.400 y 5.000 años a.C. A partir de diversos análisis químicos, se pudo determinar la existencia de ácido tartárico en sus paredes, propio del vino.


Hacia la mitad del tercer milenio antes de Cristo, la vid se cultivaba en la zonade los Montes Zagros, al este de la Mesopotamia, en pequeñas parcelas. Desde allí, los sumerios importaban el vino que se consumía en Ur y Lagash.


En el segundo milenio, durante el apogeo de Babilonia, el cultivo de la vid se trasladó hacia el norte del valle del Tigris. De la lectura del Código de Hammurabi se desprende que el vino desempeñaba un papel importante en las ceremonias religiosas y era consumido por la clase gobernante. Hasta el apogeo de los romanos, el vino fue un privilegio para reyes, nobles y sacerdotes, mientras que el pueblo bebía cerveza.


En el primer milenio antes de Cristo, en el norte de la Mesopotamia, la ciudad de Nínive, capital de los asirios, adquirió fama a causa de sus vinos, pero al sucumbir en manos del nuevo Imperio Babilónico, en el siglo VII a.C., el cultivo de la vid decreció. Hay evidencias de que Babilonia importaba vino desde Armenia en toneles de madera.


Desde la Mesopotamia, el cultivo de la vid se extendió hacia el Cercano Oriente y hacia el Mediterráneo a través de las culturas babilónica, fenicia, griega, romana, etrusca y cartaginesa.  En el segundo milenio la vitivinicultura llegó a China y Japón.

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